31 dic 2011

Marginada noche.

De la última copa solo recordaba el divorcio. Las palabras del huraño camarero que fácilmente laboraba veinticinco horas al día condujeron sus pasos desde la barra hacia la solitaria y difícil noche en la ciudad. Arranca su mano del bolsillo con la firme intención de contemplar las manecillas que penden en su muñeca. "Las 23:47. Te haces viejo, grandullón", piensa.

Quién sabe qué pensamientos rondaban su cabeza mientras serpenteaba las holgadas calles para acabar desembocando en aquel puente. El puente de ellos. Entonces segrega el alcohol ingerido a lo largo de la noche por sus ojos, pues no más lágrimas están dispuestas a surcar aquellas ya agrietadas mejillas por el frío. No más. Se acerca a la cochambrosa barandilla que resguarda de la caída a viandantes descuidados, y descansa sus hombros sobre ella. Bajo su ser se extiende el río, con cientos de peces festejando el inminente fin de año. Pero no para él. Para él tan solo es un día más... o quizás no. "Te has vuelto débil", sentencian a sus espaldas. "Déjame, quiero estar solo", responde. "Pero si ya estás solo".

No hay comentarios:

Publicar un comentario