Vuelvo a casa andando.
El manto de oscuridad cubre el colchón del mundo, y mis pisadas surcan las sábanas que se pliegan ante mis zapatos. Mi reloj alcanza las que son casi las dos, para posteriormente alcanzar hora inalcanzable surgida por una difuminada visión debido a gota de lluvia. Una difuminada que también se quiere hacer de notar en las lentes que habitúo, dificultando aunque por poco la escena que inspira. Una escena inmortalizada por luces de navidad, resbaladizas baldosas y carreteras desnudas. Ahora el mundo luce distinto, y yo, vuelvo a casa andando.
Poco ruido exterior es el que capto, pues unos auriculares se interponen entre mi interior y el exterior; poniendo banda sonora a una vida. Aunque no es solo sonido lo que el exterior me transmite. Olor. El olor de la tenue lluvia. Suficiente para ser percibido e inapreciable para la ropa. Y no es olor de dolor, como su perfume; sino olor de naturaleza.
No son pocos los pensamientos que chocan contra las paredes de mí, y todos ellos suelen entremezclarse entre sus curvas impidiéndome otra visión que no sea la suya; pero alguno consigue buscar la línea recta. Y es en esa línea en la que estoy escribiendo. La línea de pensar en lo que aún queda por vivir. La línea del qué estarán haciendo las personas a las que idolatro. Personas que se grabaron en unas imágenes que día tras día contemplo; envidiando sus vidas. Esas vidas que en este preciso instante, lector, están llevándose a cabo de una manera no muy distinta a la suya. Porque, piénselo.
Y es la cerradura la que encaja con mi llave, y no al revés.
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