8 may 2012

Compartir una vida.

Atravesé la frontera hacia el mediodía. Los chicos habían venido a despedirme a casa, pero ella no. Apenas la había visto en los últimos cuatro días. Sería muy duro, decía. Tenía razón. Pero más duro eran las horas en las que se acercaba el final y tan solo podía conformarme con recuerdos. Recuerdos de tactos. Recuerdos de olores. ¡A la mierda con los recuerdos si tan solo ansiaba verla una vez más! Lo de su pupila en mi pupila. ¡A la mierda! Incluso por el retrovisor veía cómo lloraban mientras agitaban sus brazos y solo sentía compasión por ellos; compansión porque jamás sentiría por ellos tanto que por ella. Y nunca lo sabrían. 


Atravesé la ciudad allá por la mañana. Veía los locales abriendo, los cincuentones trajeados de chándal caminando y los pájaros revoloteando en torno a los árboles que aún dormitaban. Ciegos y preciosos. Nunca volvería a atravesar esas calles. El asfalto me olvidaría y yo olvidaría sus líneas y curvas. Se acabó nuestra relación. No te guardo rencor, me dijo. Pero sabía que mentía.

Atravesé la habitación hace cuatro días. Ella aún dormía, y yo necesitaba una ducha. Pero antes de salir, me giré. Y allí estaba ella. Realmente, no dormía. Sabía que simplemente se estaba haciendo la dormida porque sabía que la estaba mirando y que estaba apunto de salir. Entonces, cuando lo hiciera, cambiaría de postura y se estiraría, miraría por la ventana, y quedaría hipnotizada por la luz entrante durante unos segundos. Pero, eso era lo que ella pensaba. No se lo iba a permitir. Caminé de nuevo hacia la cama, y me tumbé junto a ella. La miré, y no bastó mucho para que abriera sus ojos y sonriera. Sabía que yo sabía que fingía dormir. Entonces la besé, con el mal aliento de las mañanas, y volvió a enamorarme.

Atravesé la frontera hacia el mediodía. Ella estaba allí. Su coche estaba aparcado a un lado de la carretera, y ella estaba sentada en el capó. Pude ver brillar su sonrisa a cientos de metros. Cuando la alcancé, aparqué mi coche, bajé y dejé la puerta abierta. Corrí hacia ella.

 - Escapémonos - me dijo.

¿Qué os puedo decir? Así era ella.

4 comentarios:

  1. Espero que aceptaras.

    Me quedo por tu blog (y ya te espío por Twitter) :3

    ResponderEliminar
  2. "Ojalá que tengan suerte tal y como lo soñamos, y al paraíso les lleve la nacional 4..." Ya podríamos ser todos un poco así, ¿no crees?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿Y eso de la nacional? Me ha dejado blanco.

      Faltan huevos de romper rutinas, romper esquemas. Pero siempre estamos rotos. ¿A la vida? Sí, pero por el camino más corto. Rojos en euros.

      ¡Un saludo!

      Eliminar
    2. La entrada me ha recordado a ese verso de una canción de Ismael Serrano ("La huida", para más información).
      Faltan huevos para todo. No nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta (y hablo en primera persona; del plural, pero primera) de que la única manera de ganar algo es jugando. Y así vamos.
      Un saludo.

      Eliminar