Me senté donde siempre. Con las caras de siempre, en la barra de siempre. Pero apenas distinguía el bar con tantas mesas nuevas. Gracias a Dios que la barra era la de siempre.
- Hola, Red.
- ¿Lo de siempre?
- Con tu cara larga.
- Vaya, ¿el grandullón ha vuelto?
- Sin ser navidad.
- Salud.
No duró en el vaso ni cuatro segundos. Y no hicieron falta más que tres para volver a estar rebosante de lágrimas. Una mujer entró en el bar. No lo sabía porque se hubiera girado para verla, apenas giraba el cuello; pero la atmosphera había cambiado. Y era un experto en atmospheras. La mujer caminó y caminó hasta alcanzar el taburete contiguo, y se sentó, apoyó su bolso sobre la mesa y mientras sacaba su monedero pidió un whisky con dos terceras partes de agua. Entonces comenzó a hablar.
- Saludos. Me llamo Giselle, y acabo de nacer.
- Lo siento, eso es tres taburetes más hacia allá.
- Jajaja, ¡qué gracioso!
Bebí.
- Hablaba metafóricamente, verás, hoy h...
- Tres taburetes - hice un ademán con la cabeza.
- ¡Qué maleducado!
- Salud - bebí.
Giselle se movió cuatro taburetes más hacia allá y comenzó a hablar con otro tipo, no sabía quién era; tampoco me importaba. Entonces Red volvió a estar a mis doce.
- Oye, no seas demasiado duro con ella.
- Querrás decir conmigo mismo.
- Lo que sea.
- A la mierda.
Me levanté y me dirigí a la puerta. Cuando la alcancé, dediqué una mirada a aquella mujer. Su lengua estaba alcanzando la garganta de aquel tipo, y aquel tipo apenas podía respirar. Era una imagen terrible, carente de amor. Pero allí estaba yo, el día de mi funeral observando desde una puerta cómo había desplazado el amor cuatro taburetes de distancia; y él parecía reírse. Pisé la calle y algunos charcos. A la mierda. Volví a entrar. Me acerqué a Giselle, la cogí por el brazo y la arrastré hacia la salida; aquel tipo cayó al suelo.
- ¡Ah! ¿Ahora sí?
- Ahora y nunca - la besé.
Grandísima pena si no hubiera cambiado de idea en el último momento.
ResponderEliminar¿Otra M? :O
EliminarHahaha, (: