Durante años, luchó por abrir sus ojos. Sus parpados, quizás dotados de alguna enfermedad o maldición, parecíanle pesar toneladas, con el consiguiente perpetuo cierre de éstos y sin jamás poder levantarlos un ápice. Condenado a contemplar continua negrura, aceptó su destino, y vivió durante años ciego. Aunque los años se perdieron en el infinito, y la noción del tiempo también. Apenas podía distinguir día de noche, horas de segundos. Con su ceguera, y su soledad, nunca aprendió a valerse; y vivió muerto. La sensación que ocupaba su mente todo el tiempo era la de que, sí, tenía los ojos abiertos. Pero no veía absolutamente nada.
Un día, o noche, palpó sus ojos con la yema de sus dedos. Nunca antes lo había pensado. Así saldría de dudas de si tocaba su globo ocular, o si, al contrario, notaba su párpado cerrado. Con la ansiedad de saber la respuesta, y la lentitud de quien no quiere respuesta por temor a la verdad, acercó sus dedos hacia sus ojos. Del roce, cerró en acto reflejo sus ojos. Los tenía abiertos. Todo el tiempo. Durante esos años, permaneció con los ojos completamente abiertos, pero quizá careciendo de sensibilidad en sus párpados. Y no era la negrura interior lo que veía, sino la exterior. Un mundo completamente a oscuras. Carente de luz, carente de todo rastro de vida. Vivió muerto, en un mundo de muertos. Y entonces, por primera vez, cerró los ojos para no ver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario