4 mar 2012

Luz difusa.

Ya caía el atardecer, justo como había planeado para que fuese la hora perfecta. La playa, digna de lienzo, era una testigo más de la historia. Aves volaban a ras del mar, salpicándose con algunas de las gotas que aquel mar les ofrecía para refrescar el que había sido un día caluroso; pero ahora el clima era perfecto. Y no era casualidad, lo tenía todo planeado.




Ella, preciosa, apenas llevaba un vestido que abandonaba la normalidad, pero era perfecto. Aunque quizás confundió la perfección de aquellas telas con la perfección de ella; sí, sería eso. Nunca había visto sus ojos parpadear como aquel día, ni sus labios curvarse como en aquellas horas. Sus mejillas, cada día más angelicales, sonrojábanse ante algunas felicitaciones de los pulcros invitados. Ante ellas, solo podía proferir una ascendente sonrisa y un 'gracias' que se perdía en la atmosphera que les refugiaba. 

Nunca le atrajo la idea de organizar una boda multitudinaria; de hecho, no había más de veinte personas, todos conocedores de la historia desde el más confuso comienzo, hasta el más nítido final. Era el día.

Él, desconectando su mente del presente, haciendo oídos sordos a las palabras que rezaba aquel trajeado Padre, viajó por el futuro; y ya comenzó a imaginar cómo sería despertar cada mañana y saber que los sueños se hacen realidad. Pero tan solo si te aferrabas a ellos incluso antes que a ti. Y de las últimas palabras que consiguió escuchar, fueron las que desencadenarían la nueva vida. Iluminado, da su "Sí, quiero", y el trajeado comienza de nuevo a hablar, realizando la misma pregunta a ella. "[...] hasta que la muerte os separe?"

 - No sé si quiero - clamó ella.


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