-¡No voy a quedarme de brazos cruzados viendo como todo se aleja y yo continúo perpetuo a este sitio! ¡No pienso hacerlo! - exclama el más pequeño de la mesa, de edad próxima a la libertad de vida y esclavitud a responsabilidades.
Los tres extravagantes compañeros de jarra presentan una curiosa condición: entre el primero y el segundo hay diez años de diferencia, los mismos que hay entre el segundo y el tercero; quedando una diferencia de veinte entre el primero y el tercero. Y todos ellos comparten la misma vida.
- A veces es mejor dejar las cosas estar, y esperar que las oportunidades acudan a ti, y no tú a ellas - responde el de mediana edad.
- ¡Ese es tu problema, carajo! ¡Que siempre esperas sentado en esta mesa a que entre algo por la puerta que haga que te levantes! ¡Y no va a entrar todo por esa puerta, maldita sea! - exclama aún más enfurecido el menor.
- Ya no es una cuestión de fracasar - arranca de nuevo el mediano -, es cuestión de madurar todo lo que haces en busca de la opción que más favorable te sea. No nadarás en billetes, ni te codearas con las celebridades de la ciudad por mucho que lo sueñes cada noche y te esfuerces en el día. Es una cuestión de probabilidades. Y todos tus planes carecieron de ellas en el momento en que empezaste a ahogarte de tanto correr tras ellos y no sentarte a buscar el atajo que te llevase a ellos.
El pequeño se quedó sin argumentos y dio un nuevo trago a su bebida. Mientras, en la cara opuesta de aquella mesa circular de madera, el más mayor de ellos observaba, en silencio.
- ¿¡Y tú acaso eres feliz con la vida que llevas!? - atacaba.
- ¿Acaso alguien es feliz plenamente en su vida? Ninguna vida rebosa de plenitud en nada. Ni riqueza ni pobreza, ni amor ni desamor, ni fortuna ni miseria. Todo está arriba, y todo está abajo. Nada perpetúa salvo tus pasos sobre la ciudad. Todo es un completo círculo. ¿O acaso te pensabas que hay alguien que realmente se despierta cada mañana con una sonrisa sobre su rostro y contempla por la ventana el mundo de color de rosa? No, amigo, eso es solo en tu imaginación.
Ofendido, el menor se levanta con su cerveza aún sin terminar, agarra su abrigo que descansaba expectante sobre el respaldo de la silla sobrante, y sentencia:
- Pues lo siento, pero no pienso quedarme de brazos cruzados mientras las veo marchar.
Y abandona el lugar.
El mediano clava sus ojos sobre su jarra, y no dirigió la mirada al camino que tomaba el muchacho. Entonces, de su boca surgió una vaga sonrisa. El mayor de ellos, que sí había mirado cómo el pequeño abandonaba el local, volvía su mirada hacia el mediano, y también sonrió, pero con más contundencia.
- ¿Qué día es hoy? - pregunta el mediano, e inmediatamente dio un sorbo a la jarra.
- Tres. Y quedan exactamente cuatro meses para que toda su vida cambie, solo que él aún, no lo sabe - y bebió el último trago de su cerveza.

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