Y por la mañana, apenas recordaba nada. Las mil y una palabras que había imaginado decir la noche anterior, quedaron sumidas al olvido; teniendo de nuevo un papel en blanco. Pero esta vez apenas había palabras con las que pintarlo. No importaba. Comprendí que en la única soledad posible surgiría aquella atmosphera que las dibujaría fácilmente en mis labios. Porque apenas hay que pensarlo demasiado. Que bajo la blancura de aquella aparente fría tez, se escondían las llamas del más ardiente fuego; esperando a salir. La infinidad del universo se encuentra resumida en la profundidad de sus ojos. Y la facilidad de perderse en ellos incluso es capaz de hacerme estremecer. Asomarse a ellos y no quedar prendado debería ser digno de admiración. ¿Qué admiración? ¡Una jodida medalla!
Del más vacío silencio buscaré el rellenarlo con palabras, e incluso notas músicales. Capaz de atravesar cada uno de tus lunares y perderse por los rincones de tu cuerpo. Y volveré a aquel momento, en que me pregunte dónde fueron a parar aquellas palabras. Y seguro, que poquito a poco, irán surgiendo de nuevo en mi mente a medida que vuelvas a quedar atrapada en mis ojos; hasta formar el texto imaginado cualquier noche de primavera por un simple novato escritor en busca el botón capaz de encender tu luz.

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