6 abr 2012
Charcos en el suelo.
Me desperté a las doce. No miré el reloj, pero sería aquella hora. El ruido de motores atravesaba ya mi abierta ventana, y con él una brisa. Puede que fuera martes, jueves, o domingo. Me levanté de la cama y me acerqué a aquella ventana. Sí, era domingo; este dolor de cabeza no es de martes. No recordaba nada de la noche anterior. Pero lo imaginaba todo. Probablemente, habría ido a aquel bar, donde ella bailaba. Probablemente, al acabar su baile y dejar ardiendo al personal, le diría de ir a tomar algo a alguna otra parte que no fuera aquellas luces rojas. Arrancaría mi coche y viajaríamos por carreteras secundarias. Tomaríamos algo en cualquier bar, pero no estaríamos mucho rato. Iríamos a algún motel del que me marcharía justo antes de que ella se despertara. Y no la llamaría en toda la semana. Probablemente pasó eso. Y probablemente no. Probablemente me quedé en casa escribiendo. Imaginándome toda una vida y una muerte. O probablemente me iría con otra mujer. Levanté la tapa del retrete, y me puse a mear. Cerré los ojos por un momento y comencé a ladear la cabeza. Me salpiqué en la pierna. Jodido imbécil. Quizás hoy me enamore otra vez de ella, o quizás la odie. No sé cómo me he levantado, y no sé con quién me acostaré. Sí sé que escribir una historia es cuestión de una persona, y que la historia no la escribiría si no hubiera nadie que quisiera ser escrito. Que las del mañana no importan, y las del ayer son para brindarlas una sonrisa.
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