15 abr 2012

Flor del mar.

En el punto más alto se encontraba, por encima de las nubes. Abandonaba, por fin, aquel lugar; sin cruzar ninguna puerta. Antes de salir, echó un vistazo atrás; fijándose en todo cuanto abarcaba su vista. Vastas extensiones de terreno, sin cultivar, se rendían ante la grandeza de sus ojos. Por primera vez, se sintió el Dios de aquel lugar. No recordaba el tiempo que había pasado preso de aquellas tierras. Pero fueron años. Quizás siglos. Observó por el este, donde unas dunas casi alcanzaban las nubes. Recordó el subir por un lado, y el bajar por otro. ¡Y cuán costosa fue la subida y placentera la bajada! Luego el oeste, "las tierras del sol", las bautizó. Donde tan solo una vez llovió, y suficiente fue para inundar aquella zona. Y finalmente, miró al frente. El último camino que hizo para llegar hasta donde estaba, y donde comenzó todo. No recordaba el segundo día, ni el tercero; pero sí el primero. Despertó sobre el ardiente suelo, aturdido y cegado por la luz del día. No supo cómo había aterrizado en aquella pista, ni cuándo despegó. De su pasado, solo recuerdos que bien podían haber sido soñados. No hubo compañía humana en su exilio, pero sí compañía.



Recordó cuando, víctima de los rayos solares, se cobijó bajo la sombra de algún árbol. A los pocos minutos de usar sus hojas cual paraguas, éste comenzó a hablar. Le contó del tiempo que había pasado sin refugiar a nadie, y de lo inútil que sentía sus ramas. Temía hacerlo mal, y condenar a la muerte a cualquiera que allí descansara. Pero no fue así. Su sombra fue la manta del invierno, la comida del hambre, el abrazo del frío. Vivió un día más. Se despidió del viejo árbol, y caminó.

Sus pasos le condujeron hacia un río. Allí, las ranas salieron a su encuentro. ¡Te esperábamos! ¡Cuéntanos del tiempo que estuviste lejos! No sabía quiénes eran; pero las conocía desde siempre. No nos recuerdes tu marcha, si no vas a volver a irte. ¡Oh, mira qué tarde es! Se fueron con la llegada de la noche. Las estrellas se asomaron al mundo, y viceversa. Se tumbó sobre la fresca hierba que había entorno al río, y se dispuso a conocer cada luz brillante. En pocos minutos, un caracol, seguido de dos hormigas, se acercaron a él. ¡No las mires! - gritó una hormiga - ¡Solo nosotras somos dignas del aprecio de ellas! Entonces, háblame de ellas - sugirió. Ehm... ya, pues verás, ahora apenas son visibles. ¡Pero si está el cielo cubierto! Ehm... ya, bueno, ¡es que nosotras no las vemos! ¡Y mi vista solo alcanza la hierba! - el caracol. Y, entonces, ¿por qué creéis que están? En algo tenemos que creer, cojones. Y se fueron.


Subió hasta las nubes. Las nubes le contaron los misterios del cielo. No somos tan libres como crees. Y esa frase resonó en su cabeza durante toda la travesía. Le condujeron de aquí para allá durante horas. Sintiéndose pájaro sin alas. Una gaviota, les acompañó en su viaje. Hola, soy tu compañero. ¿Sabes? Hoy tenemos ganas de guerra. Y comenzaron a disolverse. Entre aquellas gotas de lluvia, cayó hasta una duna; bajando como si de un tobogán de arena se tratase. Alcanzo el final, y la arena continúo seca. Miró hacia arriba. El cielo estaba despejado; pero sus ropas empapadas.

Durante el tiempo, descubrió cada una de aquellas maravillas, siendo el único humano allí presente. Desprestigió su raza humana, y quiso ser Naturaleza. De la verde y azul. Y entonces, se topó con una mujer. Quedó prendado de sus encantos, a pesar del uso que ella aún les había dado, y entonces la siguió a todas partes. Ella huía y huía, hasta ir a parar a una hermosa llanura. Los dioses la construyeron para nosotros - dijo. Pasaron miles de horas allí, y, obviando las hormigas, observaron durante noches las estrellas. ¿Sabes? Somos perfectos - dijo. No existe el individuo perfecto, sino la suma. A eso me refería.

Me tengo que ir - dijo ella. Él aún dormitaba, pero no por mucho más. ¿Qué, por qué? Me tengo que ir. Y se fue. Echó a correr en su busca, pero tarde. Se acercó rápidamente a las hormigas, y les preguntó si habían visto por dónde había ido. ¡Que no, imbécil! El caracol se acercó. ¿Quién dices? Ella. ¿Quién? Y siguió corriendo. El árbol, sin hojas, no respondió a pregunta, y siguió corriendo. Alcanzó nuevamente las nubes, para volver a caer en una duna empapada y sin respuestas. Lentamente, se fue apagando. El río se secó, las ranas murieron. Las hormigas, ya totalmente ciegas, asesinaron al caracol. Murío el verde y el azul se tornó gris.

Entonces se despertó. Las sábanas, empapadas, yacían parcialmente sobre el calido suelo de verano. Eran las cuatro y media. Sintió un profundo vacío. Ella, también despierta, se giró al otro lado de la cama, y acarició con su mano su mejilla. ¿Estás bien? Sintió una profunda alegría. Sí, tan solo ha sido una hermosa pesadilla.

2 comentarios:

  1. Hola, José Luis.
    Hace un par de días leí tu cuento. Me gustó. Tiene partes terribles. Los diálogos fluyen. Le pregunté a Donoso si escribías; me dijo que sí y me pasó esta dirección. Acabo de leer tu último post. Es una parábola preciosa; tiene un algo en la forma a Así habló Zarastutra -no sé si lo habrás leído, te gustaría. Ahora te dejo, prisas vitales... Seguiré leyéndote por aquí, pero mejor en el silencio y la calma de la nocturnidad :-) Un abrazo.

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    1. Hey!
      Me alegra que te haya gustado el relato aquel, la verdad es que a mí me pareció bastante flojo en vistas a otras cosas que escribí en el pasado. Pero tenía ganas de presentar algo nuevo, y no coger algo ya antiguo. Y el de Zaratustra sí, le eché un ojo hace tiempo, y en el que me estaba leyendo ahora lo mencionan mucho (Camino de los Ángeles, de John Fante), así que algún día caerá.

      Y una vez más sí, por la noche se captan mejores los mensajes escritos. De estas últimas entradas mías te recomiendo la de "Última parada", es de las que más me han gustado. ¡Un abrazo y gracias por pasarte!

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