- Venga, susúrrame algo - le dijo ella al oído.
La ropa de ambos permanecía firmando el suelo de la habitación. Poco tenía ya que ver con ellos, que se encontraban entre sábanas chorreantes dibujando charcos sobre aquel mismo suelo. Los ojos, aunque cansados, luchaban por no acabar con toda aquella imagen de un parpadeo, y mantuviéronse abiertos mientras él corría su mano sobre el brazo de ella; haciendo pequeños círculos.
- Venga, te he dicho que me susurres algo, poeta de mierda.
- No se me ocurre ahora mismo nada, cielo - le responde con la mirada dirigida al infinito de la cama.
Entonces ella se incorporó un poco, lo suficiente para abandonar aquella postura e insuficiente como para que él no continuase con su mano aún recorriendo su brazo, con el fin de hacer chocar las miradas. Ella sabía perfectamente cómo romper cualquier momento que tuvieran en cuestión de segundos, y eso le encantaba.
- ¿A qué te refieres? - pregunta ella empujando el amor por la ventana.
- A que -miró al suelo, en señal de fracaso-, ahora mismo no tengo nuevas palabras.
Se produjo un breve silencio. La mirada de ella no se separó un momento de los ojos de él.
- ¿Y de qué coño me sirves entonces?

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