29 nov 2011

"10'95€, por favor."

Y el día en que alcanzas la madurez, se abre la carta.
Estás sentado en la mesa de algún lujoso restaurante; y no estás solo. Todas y cada una de las personas a las que amas se encuentran compartiendo cubierto junto a ti, pero permanecen absortos en sus cartas y tan solo algunos se atreven a iniciar un diálogo del que no formarás parte. Aparentemente es una comida normal, pero hay un pequeño... problema. Tendrás que pagar tu plato, y el dinero del que dispones te es desconocido hasta el momento de tener la cuenta entre tus manos. Entonces, ¿qué harás?

Aún en silencio bajas por una interminable lista de suculenta comida, pero apenas tienes hambre. Hasta que llegas a tu plato favorito, y entonces se te nubla la vista y no alcanzas a leer otra cosa que no sea esa. Miras el precio. El caro precio. Y levantas la mirada hacia la mesa. Nadie te dirige la mirada, y tú aún menos a ellos; pues estás simplemente pensando. Puedes intentar pedir ese plato, degustarlo como ningún otro, y arriesgarte a una cuenta que muy probablemente no esté de tu lado. O simplemente puedes pedir un plato que sea lo suficientemente normal para no correr riesgos, pagar la cuenta y marcharte por donde has venido.

Muerdes tu labio inferior y te arrimas a la persona de tu izquierda. Y entonces se establece algún tipo de conversación que no dura demasiado, pues temes que tu idea de pedir aquello sea ridículo y la otra persona se burle de ti al desconocer tu propio dinero. Esa conversación, no funcionó. Muerdes tu labio superior y te arrimas a la persona de tu derecha. Se produce una conversación un tanto más larga, de la que sacas una frase que se clava en tu mente a fuego. "No podrás pagarlo, ve a lo seguro".

Tus dudas continúan sucediéndose en los interminables minutos en los que llega el camarero. Mientras, en la mesa, se ha iniciado una conversación tan avanzada que jamás lograrás formar parte de ella; y todos los miembros discuten a viva voz impidiéndote seguir pensando, pues el ruido ensordece todo el local. Y, de repente, una mano se posa sobre tu hombro, y dándote la vuelta para observar a aquella mano cual loro, descubres a un trajeado hombre, que con pícara sonrisa, te dice: ¿Qué vas a tomar?

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